3 de agosto de 2022. La muerte no solo nos toca; nos habita.
Todas convivimos con los miedos más oscuros: la hipersexualidad impuesta, el naufragio de una educación que nos ignora, lo hostil, lo lúgubre. Hoy alzamos la voz por las que ya no están y por las que, resistiendo, cargamos con un pulso tembloroso. Por las abuelas, las madres, las amigas.
Querida muerte: no vengas hoy. No toques nuestras puertas para congelar sonrisas que apenas están aprendiendo a brillar. Nos obligan al silencio, a la obediencia, al cedazo constante del miedo. Porque en este sistema, vivir es un placer de linaje masculino, mientras que morir es la sentencia de lo femenino.
Nos habita un desasosiego crónico. Queremos gritarle al mundo que no es nuestra culpa nacer en una sociedad que ha normalizado el exterminio, el abuso y el roce que profana. Hay historias que se cortaron antes del nudo; sueños que jamás conocerán su desenlace. Quisimos hacer historia, pero nos emboscó un patriarcado voraz, ruin y despiadado.
A los culpables: que el remordimiento sea su incendio. Que se autodestruyan bajo el plomo de sus actos y dejen de respirar el aire que nos arrebataron. Tal vez —y solo tal vez—, si logran redefinir su masculinidad desde la raíz, podamos algún día coexistir.
No somos las culpables. No digan que no luchamos hasta el último aliento. Esta es la marca de quienes, llamándose hombres, jamás soportaron nuestra existencia.
No nos olviden.
Tras el punto final...





