Todo está en nuestro cerebro; el canal es el corazón y el código es el amor. Durante eones, el pulso del universo se repitió al unísono, una y otra vez, en una armonía perfecta que no sabíamos agradecer. Pero entonces, ocurrió la ruptura: los humanos, trágicamente, decidimos cambiar el código.
Al alterar la frecuencia, nos perdimos.
Ahora elevo mi mirada a las profundidades del azul celestial y trato de rastrear lo que queda. Recuerdo mi vida como una tenue película fotográfica, una sucesión de imágenes borrosas que pasan ante mis ojos sin que logre reconocerme en ellas. Busco desesperadamente al dueño de mis pasos, pero no encuentro al protagonista.
El código es otro, la frecuencia se ha roto, y yo… yo siempre estoy detrás del telón, viendo cómo mi propia vida sucede sin mí.
Tras el punto final...





