—Marcos. Ábreme la puerta. Vamos. Rápido. Sé que estás ahí. No seas tímido. Vamos, abre—
Son palabras que la vida supo tatuarme con pinzas, dejando una marca viva, ardiendo en mi ser. Soy, por derecho y condena, un esclavo de mi propia vulnerabilidad. Nunca aprendí el arte de defender mi alma, ni supe reclamar la vida que se me concedió. Si el devenir tenía este guion preparado para mí, hubiera preferido que se lo entregaran a otro; a alguien con la piel más gruesa, con el espíritu menos roto. ¿Sufrir? ¿Acaso es esa herencia del dolor mi único legado? Me dijeron que los regalos eran baños de agua termal para el alma, caricias de fortuna. Pero mis regalos siempre llegaban con colmillos: me arrancaban la piel y borraban mis sonrisas antes de que pudieran nacer. Nunca he sonreído; me siento un impostor ante un privilegio tan alto.
Me pregunto si la felicidad existe de verdad. Quizás es solo una lotería cruel: todos compramos el boleto con la esperanza intacta, pero el premio solo le toca a unos pocos elegidos. Mi cuerpo no es un templo, es el vestigio hostil de un recuerdo; el escenario de noches sepulcrales en las que mi alma se fugaba por las grietas, añorando, con un hambre voraz, no tener que volver jamás. Y todavía hoy, el eco persiste:
—Marcos, vamos. Abre.
El terror me inunda, me vuelve líquido. Me quedo inmóvil, mirando el pomo de la puerta que empieza a girar. Y en el silencio de mi celda, me pregunto: ¿habrá alguien, en algún lugar de este mundo ciego, que sea capaz de salvarme?
Tras el punto final...





