Nadie seca mis lágrimas. Hace cuatro años y un par de meses que la soledad no deseada me hizo su presa y olvidó cómo soltarme. Busco un eco, un rostro, un “alguien” que me llame por mi nombre, pero el silencio se ha vuelto una presencia que me habita. ¿En serio ese alguien no existe? ¿De verdad el horizonte es tan mudo?
Mis noches son un abismo lento. Me toca llorar en el suelo y esperar que el paso de las horas haga el trabajo de una mano amiga: secarme el rostro. Dormir no es fácil; mi almohada se ahoga conmigo, ya no sabe cómo consolarme, se ha cansado de mis caídas.
Cada amanecer es un simulacro de voluntad. Me levanto para enfrentar la mesa que solo guarda un lugar: el mío. No hay ruidos de vajilla ajena, solo el eco de mis dolores físicos que nadie más nombra. Mi llanto emocional es una frecuencia que ningún corazón escucha.
Me pregunto, con el miedo frío de quien se sabe invisible: si me pasara algo en este preciso momento, ¿alguien lloraría conmigo? ¿O mi ausencia sería tan silenciosa como lo ha sido mi estancia?
Que alguien venga por favor. Que alguien me rescate de esta soledad que, grano a grano, me está volviendo polvo.
Tras el punto final...




