Cada doce meses celebramos una nueva vuelta al sol que nos devuelve al punto de partida, pero nunca somos los mismos. Nos hundimos en la duda: ¿Realmente estamos sumando vida? ¿O somos simplemente una vela que se consume para iluminar el banquete del tiempo?
Nos sumergimos en nuestra propia nebulosa y encontramos el enigma: no le sumamos años a la existencia, le restamos piel al reloj. Quizás vivir no sea acumular inviernos, sino pulir el espíritu. Cada aniversario es un mordisco a nuestra cuenta regresiva; un despojo necesario para que, al final, el alma quede tan desnuda y ligera que no tenga más remedio que trasmutar.
No estamos cumpliendo años, estamos soltando lastre. Estamos celebrando, con un pastel y un deseo, que hoy estamos un paso más cerca de dejar de existir.
Felicidades: nos queda un invierno menos para ser nada.
Tras el punto final...





