Cada mañana el ritual se repite: un papel se desliza bajo mi puerta. Es Florencia. Me detengo a mirar su caligrafía, esa danza de letras que aún conserva el orgullo de otro siglo, y leo su delirio como quien lee una profecía.
“Gordo de mi vida:
No olvides los víveres para el almuerzo; me pierden los mariscos frescos, ¿recuerdas aquel mediodía en el Bar Solera? Hoy me pondré guapa; rescataré del armario el vestido de seda de Lyon que me regalaste en nuestro aniversario. Mmm… ¿cuál era? ¿El décimo o el decimoquinto? Qué más da, si podría celebrarte la vida entera.
Vístete bonito. Bailaremos en la terraza, dejando que la brisa nos envuelva en su arrullo refrescante. Mon chéri, hoy decido ser la culpable de encender la llave del sol incandescente con mi sonrisa. Te regalo la luz de este día y, si quieres, todas las lunas de mis noches. Aquí te dejo estas rosas borgoña; recíbelas con mucho amor. Y recuerda recogerlas: hoy el mundo es color de rosa“.
Me quedo un momento en silencio, con el papel aún tibio entre los dedos. Me imagino su rostro, esa geografía surcada por el paso indeleble de la vida, buscando en el espejo a la muchacha que fue. Su mente ha decidido que el tiempo es un ladrón al que no piensa abrirle la puerta; ella prefiere quedarse allá, en sus veinte, donde el amor todavía era un incendio nuevo.
¿Quién pudo robar tanto su corazón para que ella prefiera habitar ese naufragio de recuerdos? No lo sé. Solo sé que hoy he decidido ser yo quien gire la llave de su sol.
He bajado las escaleras en silencio para dejar esas rosas rojas en su umbral antes de que despierte. No es caridad, es complicidad. Al comprar esas flores, transformo su olvido en un jardín. Me convierto en el autor de su alegría, en el dueño de esa mentira piadosa que le devuelve el brillo a sus ojos cansados.
Mañana ella volverá a escribir. Y yo, una vez más, seré el encargado de que sus rosas sigan siendo reales, manteniendo vivo el gran amor de lo que alguna vez fue su vida.
Tras el punto final...





