No existen respuestas absolutas en la vida; nada de lo que vemos lo entendemos realmente. Todo habita en un sentido metafísico que se diluye como la niebla, donde las cosas significan mucho o, de pronto, absolutamente nada. Somos el nudo de una paradoja humana insostenible: eternos, pero mortales. Vivimos en una dualidad constante, habitando un mundo que nos resulta tan conocido como inexplorado, donde sabemos pronunciar nuestros nombres pero desconocemos por completo quiénes somos.
En esa orfandad de identidad, nos contradecimos sin tregua: no creemos pero rezamos, no amamos pero exigimos ser amados. Desconocemos la misericordia, pero la imploramos con el alma rota cuando el peso es demasiado. Añoramos un futuro donde no sabemos si estaremos, mientras el presente se nos escapa. Vivimos para morir, alejándonos y acercándonos al fin en un mismo movimiento: tenemos esperanza, pero nos falta fe. Carecemos de resiliencia mientras nos jactamos de ser fuertes; miramos sin ver y hablamos sin el más mínimo interés de escuchar.
Queremos recibir, pero nuestras manos están cerradas para dar. Buscamos una aprobación externa que, cuando llega, no sabemos aceptar. Es la tragedia de nuestra especie: nos desgastamos en una búsqueda materialista para saciar un hambre que le pertenece al alma, olvidando que mientras nosotros nos hundimos en el fango de lo tangible, nuestra esencia sigue siendo etérea.
Tras el punto final...





