Las botas siempre me esperan todas las mañanas; tan frías que me adormecen los pies. Ellas conocen mi camino; saben a dónde voy y a dónde no. Saben cuál es mi afán y cuál es mi pesar.
Me acompañan todos los días en mi labor; recorren conmigo los senderos de la vida rural: son mi identidad. No me importa cuánto pesen; aunque se embarren, yo las arrastro y las llevo conmigo, porque mis botas me han llevado a muchos lugares, a muchas tierras.
Mi familia sabe que ellas nos han dado lo más importante: el alimento, la humildad, la nobleza y la fuerza. Las botas pantaneras no son un accesorio; son las compañeras más importantes para nosotros los que trabajamos el campo.
Cuando no las tenemos puestas es porque estamos durmiendo. Pero ellas son tan fieles y leales que siempre nos esperan ahí, al lado de la cama.
Tras el punto final...





