En lo más profundo de mi corazón permanece inmóvil un instante: las 13:50 del 28 de marzo de 2023. Allí, en la penumbra de una cama de hospital, el tiempo dejó de ser reloj para convertirse en vuelo. Ascendió… y desde entonces, el cielo reclama para sí toda la nobleza que antes caminaba conmigo.
Allí está él; aquí estoy yo.
A veces, el regreso me cuesta. Me descubro queriendo habitar de nuevo su abrazo, naufragar en sus ojos verdes y perderme en esa sonrisa picarona que era mi norte. Escucho su voz en el silencio y busco su rastro en el viento, intentando traer de vuelta un poco de su tesón.
Quiero aprender de su paciencia para abrazar esta vida que ahora se siente incompleta, para mirar al cielo y repetir sus palabras como un salmo: —Mi Diosito está echando días—.
Nos volveremos a encontrar después del ser. Mientras tanto, me queda la herencia de su alma marcada en la mía: un amor que no se rinde y una nobleza que ahora es luz celestial.
Tras el punto final...





