Hoy la duda me acecha sigilosamente; busca instalarse en mí, inmovilizarme, y yo —con una extraña pasividad— la estoy dejando entrar. Dudo de todo lo que sostiene mi estructura: de mi vida, de mi equilibrio, de mi fuerza y del camino que mis pies insisten en recorrer. Cuestiono el presente, temo al futuro y dudo incluso de la misericordia. Me pregunto, con el alma seca, si en realidad poseo algún conocimiento con el cual pueda, simplemente, vivir; no hablo de la supervivencia económica, sino de la capacidad de saciar este vacío con algo que me haga feliz. Pero incluso ahí, la duda me gana: ¿felicidad? Ya ni siquiera sé qué forma tiene esa palabra.
El mundo exterior no es más que una extensión de esta incertidumbre. Dudo de la lealtad de las personas, de la arquitectura de sus palabras y de la fragilidad de sus sonrisas. Desconfío de sus afectos, de su gratitud y de esa escucha que siempre sospecho vacía. Miro sus miradas y no encuentro refugio, solo más preguntas.
Pero el golpe más profundo ocurre hacia adentro. Dudo de mi ser, de mi ética, de mi moral y de cada pensamiento que se atreve a cruzar mi mente. Me he convertido en mi propio verdugo: todos los días me fallo cuando me juro no dudar, rompiendo la promesa antes de que termine el día. Al final, la verdad más amarga es esta: dudo que me ame tanto como para cumplirme.
Tras el punto final...




