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BEXTIAL
Dark Light

BEXTIAL

Ilustración digital en tonos oscuros y fríos de un joven de espaldas observando a través de una ventana. Al otro lado del cristal empañado, una criatura de dedos largos apoya su mano y clava la mirada de un ojo parietal brillante ubicado en su cráneo, capturando la atmósfera de este relato de ciencia ficcion oscura.

Sale siempre en la frontera de la madrugada. Sus huellas son un error de la naturaleza, pero sus manos no; tienen una simetría humana que me hiela la sangre. Anda a cuatro patas, arrastrando su extraña anatomía —esquelética en el torso y de una delgadez fibrosa en el tren inferior—, pero cuando el silencio es absoluto, se erige. Tiene el pelaje áspero sobre las garras y suele dejar un rastro de tierra maloliente y barro podrido cerca de la reja. No se lo he dicho a mamá; ella ya conoció el miedo una vez y no quiero que regrese a ese lugar.

Desde el cristal de mi ventana escucho su respiración exaltada, un jadeo cargado de un hambre de nuevos ottoxh. Esa palabra resuena en mi cabeza cada vez que lo veo buscar, como si intentara engullir algo que no es del todo físico. Anoche, por descuido, dejé el cordón de mi zapato sobre la acera mojada; hoy lo lleva atado al cuello como un amuleto de propiedad. De su boca escapa un vaho fluorescente y añejado que tiñe el frío con sonidos que no deberían existir: voces disonantes que mezclan fechas, nombres y años robados.

No tiene cabello. En el centro de su cráneo, un ojo parietal —un fotorreceptor ciego y translúcido— detecta los cambios más sutiles de la luz. Lo supe porque encendí mi lámpara por error. En ese instante, la criatura clavó su mirada en mi ventana y se acercó. El vaho empañó el vidrio, dejando un rastro de moho brillante. Apoyó la palma de su mano —tan parecida a la mía— contra el cristal. Sus dedos, absurdamente largos, vibraron con una frecuencia que me hizo doler los dientes.

Sentí mi vida condensarse en un suspiro que ya no me pertenecía. Supe, con la claridad de los condenados, que no buscaba mi sangre; su hambre era más antigua, más pulcra. Su mirada, anclada en la base de mi cráneo, perforaba el tejido hasta hallar el camino hacia mi hipocampo. Quería mis ottoxh: beberse la tarde en que aprendí a andar en bicicleta, el rastro del perfume de mi abuela y el nombre de mi primer miedo. Quería vaciarme para dejarme allí, convertido en un mueble más frente a la ventana; un cuerpo inerte, con la piel volviéndose de un gris cenizo y los ojos fijos en un punto muerto, sin una sola imagen que recordar tras los párpados.

El cristal empezó a ceder; no con un estallido, sino con un crujido sumiso. Fue entonces cuando escuché el sonido que detuvo mi pulso: el cerrojo de la puerta de mamá. No para salir a defenderme, sino para asegurar su habitación desde adentro. A través del pasillo, su voz llegó como un susurro roto, una sentencia final que no buscaba perdón:

—Ya está en la ventana, hijo. No grites, no huyas. Es el precio por el resto de nosotros.

La luz fluorescente de la bestia inundó mi cuarto y, mientras sus dedos largos rodeaban mi cabeza con la delicadeza de un cirujano, comprendí que el monstruo de afuera solo estaba cobrando el contrato que la mujer de al lado había firmado con mi nombre.

Tras el punto final...

Sigue el hilo…
Relato sobre el olvido y la memoria: Ilustración generada por IA en tonos cálidos y dorados de una mujer mayor con cabello blanco y expresión radiante. Sostiene con delicadeza una rosa roja frente a ella. Al fondo, una plaza soleada con arquitectura clásica y parejas bailando, evocando un amor de juventud. Representación artística de la memoria y el guardián que protege la fragilidad de los recuerdos
EL GUARDIÁN DE SUS VEINTE
Fotografía en blanco y negro de alto contraste que muestra el perfil de un hombre con barba gritando con fuerza hacia la oscuridad. La iluminación lateral resalta la expresión de angustia y desahogo sobre un fondo completamente negro. Una representación visual del dolor y el vacío que deja un amor imaginario.
EL ESPEJISMO DE LA SANGRE
La última vela somos nosotros: Ilustración surrealista de una persona encima de un reloj con mirada melancólica y profunda que sostiene entre sus manos una esencia luminosa y frágil que representa el alma. Diversos relojes de arena flotan en una nebulosa oscura, simbolizando el despojo de la piel y el tiempo en el proceso de transmutación del ser.
LA ÚLTIMA VELA SOMOS NOSOTROS
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EL TESÓN DE LA NOBLEZA
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LA QUEMADURA DEL HIELO
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