Busco en su mirada un rastro de pasión por la vida o un destello de querer, pero solo encuentro el reflejo de mi propia derrota: estamos en el mismo barco de la desolación. Sin pronunciar una sola palabra, nuestras pupilas cuentan los años de un sufrimiento compartido; un lenguaje mudo de quien ha tenido que aguantar el peso del mundo sobre los hombros.
Lo más doloroso ocurre cuando el cielo parece abrirse. Cuando siento que todo empieza a encajar, que el pecho se ensancha y el aire entra con facilidad, surge el miedo. Nuestras miradas comparten entonces el mismo pregón: ¿qué diluvio llegará después de este sol? No sabemos recibir tanta luz sin sospechar de ella. Estamos condenados a la inercia de resolver y resolver, de seguir de largo aunque el peso nos doblegue, guardando un silencio que ya es costra en nuestra historia familiar.
Es el miedo al derrumbe, el cansancio de una rutina que nos devora y esa impotencia de no poder dar más de lo que nos queda. Su mirada es justiciante, casi un reproche, un reclamo que yo también me hago cada mañana: el peso de ser la carga de quien debería ser libre. Me da pavor reconocer esta verdad desnuda: aquí no hay éxtasis, no hay esa alegría vibrante. En el lugar donde se supone que somos, donde nos enseñaron que el amor es entrega, solo se siente un cansancio infinito.
Me inmoviliza pensar que, tal vez, nuestro amor es el nudo que mantiene su barco lejos de la felicidad y de la libertad. Y entonces surge la pregunta que me quema las manos: ¿Amar es dejar ir, aunque ese nunca haya sido el plan?
Tras el punto final...




