Nuestras manos calientes anhelan juntarse; nos buscamos con la urgencia de quien se sabe perdido. En el aire, nuestras respiraciones se sincronizan y los corazones galopan con tal fuerza que terminan por entrelazarse, creando una armonía de éxtasis y complicidad. Bailamos así, al ritmo suave y misterioso de un arpa invisible, envueltos en la magia que dicta nuestra velada. Con voz melodiosa le digo: —Se respira muy bien cuando estoy contigo—. Él responde con un gesto encantador, me abraza y, acercándose delicadamente a mi oído, sentencia: —Inmortalicemos lo que es amar con el alma. No quiero una vida, quiero muchas, si estás conmigo—.
Todo era una sugestión personal. Quizás siempre fue solo una admiración intelectual; o tal vez curiosidad, misterio, una intriga que no supe descifrar. Habito la sospecha: ¿mi mente lo malinterpretó todo y terminé hiriéndome a solas? No lo sé. Tal vez estoy bajo el efecto de mi propia suposición, habitando un romance imaginario que solo existe en la geografía de mi deseo.
Tras el punto final...




