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EL TRONO DE SELAMIH
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EL TRONO DE SELAMIH

Retrato en primer plano de una mujer afrodescendiente con una sonrisa amplia, vistiendo un traje típico amarillo con flores rojas y encaje. Lleva un turbante colorido y un canasto de mimbre con frutas tropicales equilibrado sobre su cabeza. Al fondo, una pared amarilla y una ventana verde resaltan la vibrante estética afrodescendiente de la escena.

La calle olía a polvo y a fruta madura cuando Selamih apareció en el recodo del camino. No necesitó hablar para que el bullicio del mercado bajara de tono; le bastó con su sonrisa de oreja a oreja, esa “matadora” que parecía haber sido tallada por el mismo sol que le nacía en los pómulos. Era una mujer afro de una presencia casi sólida, envuelta en un vestido floripinto donde los azules marinos luchaban por no ser devorados por los colores de la tierra.

Sus ojos, de un negro místico y devorador, no miraban el suelo; miraban el aire, un palmo por encima de las cabezas de los demás. Selamih caminaba con la cadencia de quien conoce el secreto de la gravedad. Sobre su cabeza, el canasto no se movía ni un milímetro, a pesar del paso firme y rítmico con el que adornaba el horizonte.

—Ahí va Selamih con su corona —susurró un viejo desde una sombra, sin apartar la vista del equilibrio imposible de la mujer.

Porque para ella, el canasto no era carga, era identidad. Allí llevaba la crianza de los suyos, los restos de un imperio imponente y la herencia de una estirpe que nunca aprendió a encogerse. Cruzó la plaza sin prisa, como si el devenir de la vida fuera algo que ella ya hubiera resuelto hace siglos. Al verla pasar, con esa piel fresca que relucía bajo el mediodía, el pueblo entero parecía recuperar, por un instante, su propio eje. Selamih no solo llevaba frutas; llevaba el peso de su historia con una elegancia que hacía que el resto del mundo se sintiera, de repente, demasiado ligero.

Tras el punto final...

Sigue el hilo…
Reflexión sobre la herencia de las botas pantaneras en el campo colombiano.: Fotografía artística en blanco y negro que muestra la habitación humilde de un campesino; en primer plano, unas botas pantaneras de caucho desgastadas esperan junto a una mesa donde reposa un radio antiguo, mientras al fondo se observa la silueta del trabajador descansando en su cama, simbolizando la pausa necesaria tras la labor y la fidelidad de sus herramientas.
MI ÚNICA HERENCIA
Fotografía en blanco y negro de primer plano. Una mujer sostiene horizontalmente con su mano derecha un fragmento alargado de vidrio roto justo a la altura de sus ojos. El trozo de espejo refleja de forma nítida su mirada fija y directa, transmitiendo un profundo cansancio emocional, mientras que el resto de su rostro y el fondo exterior quedan completamente borrosos y fuera de foco.
AMOR ATADO AL DILUVIO
Fotografía en plano medio del interior de un vagón de tren transformado en barra de madera. A la derecha, un chef itamae con uniforme negro acomoda un corte de atún rojo sobre una tabla de madera junto a un cuchillo afilado. En el centro, un hombre en traje permanece sentado de perfil mirando hacia abajo. Un gran farol de papel iluminado cuelga sobre la barra y a la izquierda se aprecia una ventana cubierta de gotas de lluvia y niebla con siluetas de rascacielos al fondo, ilustrando un relato surrealista.
EL VAGÓN DEL SASHIMI
Vida ausente: Un hombre observa desde la penumbra escenas borrosas de su identidad detrás de un telón. Ilustración conceptual sobre la ruptura del código entre el corazón y el cerebro en The GOA Media.
CRÉDITOS DE UNA VIDA AUSENTE
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