La calle olía a polvo y a fruta madura cuando Selamih apareció en el recodo del camino. No necesitó hablar para que el bullicio del mercado bajara de tono; le bastó con su sonrisa de oreja a oreja, esa “matadora” que parecía haber sido tallada por el mismo sol que le nacía en los pómulos. Era una mujer afro de una presencia casi sólida, envuelta en un vestido floripinto donde los azules marinos luchaban por no ser devorados por los colores de la tierra.
Sus ojos, de un negro místico y devorador, no miraban el suelo; miraban el aire, un palmo por encima de las cabezas de los demás. Selamih caminaba con la cadencia de quien conoce el secreto de la gravedad. Sobre su cabeza, el canasto no se movía ni un milímetro, a pesar del paso firme y rítmico con el que adornaba el horizonte.
—Ahí va Selamih con su corona —susurró un viejo desde una sombra, sin apartar la vista del equilibrio imposible de la mujer.
Porque para ella, el canasto no era carga, era identidad. Allí llevaba la crianza de los suyos, los restos de un imperio imponente y la herencia de una estirpe que nunca aprendió a encogerse. Cruzó la plaza sin prisa, como si el devenir de la vida fuera algo que ella ya hubiera resuelto hace siglos. Al verla pasar, con esa piel fresca que relucía bajo el mediodía, el pueblo entero parecía recuperar, por un instante, su propio eje. Selamih no solo llevaba frutas; llevaba el peso de su historia con una elegancia que hacía que el resto del mundo se sintiera, de repente, demasiado ligero.
Tras el punto final...




