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ANLLI, 27 AÑOS. BELLO. COLOMBIA
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ANLLI, 27 AÑOS. BELLO. COLOMBIA

Anlli en el Metro de Medellín: Retrato detallado de una mujer joven con cabello rizado apoyada en la ventana del metro de Medellín; las ráfagas de luz nocturna y el rastro de movimiento al fondo reflejan la velocidad del transporte urbano, en una jornada de trabajo que empieza en la madrugada.

Contexto: La frontera de las 5:00 AM. / Etiqueta: El pulso de la madrugadora.

La alarma de las 3:00 AM no es un sonido, es un disparo de salida. En la penumbra de su casa en Bello, Anlli repite la coreografía de cada día: la ducha fría que despierta los músculos a la fuerza y el ritual de domar sus rizos frente al espejo mientras el uniforme espera, ya planchado, sobre la cama. En la cocina, el chirrido de un huevo frito y el golpe seco de las tapas de los recipientes de plástico marcan el ritmo. Huele a café y a rutina. Antes de cruzar el umbral, el gesto de siempre: el celular, la tarjeta Cívica, el bolso y una señal de la cruz que busca protección en una ciudad que aún no termina de despertar.

Al abrir la puerta, el aire gélido de la madrugada atraviesa la ropa. El asfalto devuelve el eco de sus pasos apurados, los únicos que rompen el silencio del barrio. La travesía urbana es un contrato contra el reloj: el paradero, el bus y luego el Metro, ese gigante metálico donde Anlli recuesta la cabeza contra el vidrio empañado. Al otro lado del cristal, las luces de Medellín pasan como ráfagas hasta que la estación de destino la escupe de nuevo a la calle. El reloj no perdona: las 5:00 AM es un número inamovible que marca el inicio de su jornada.

El retorno, ocho horas después, es otra ciudad. El aire ya no es frío, sino denso y cargado de hora pico. La energía de Anlli ha cambiado de estado; ya no corre, resiste. El morral, ahora vacío de comida, parece pesar el doble sobre sus hombros. En el bus de regreso, el runrún de los motores y el calor acumulado en el metal la envuelven en un sopor ensordecedor.

Cuando finalmente cierra la puerta de su casa, la orquesta de ruidos estridentes de la urbe se apaga de golpe. Anlli suelta el bolso, termina de beber el último sorbo de agua tibia y se tumba en el mueble azul de la sala. El sueño llega antes que el descanso, justo cuando el aroma de la cena casera empieza a reclamarla de vuelta al mundo de los vivos.

¿Cuál es el peso de esta realidad hoy?

Cartografía Social

Vulnerabilidad humana: Imagen que muestra una fila de tres sillas de plástico azul en una sala de espera oscura y solitaria, vista a través de un cristal que refleja una atmósfera fría y burocrática.
LA ESPERA DE NADIE
Fotografía de calle en blanco y negro con un marcado contraste lumínico. Una masa de transeúntes cruza una avenida bajo la sombra de una estructura elevada; las siluetas oscuras se recortan contra el asfalto brillante, destacando la inercia del movimiento colectivo en la ciudad.
EL GRADO CERO DEL ROSTRO
Identidad digital: retrato abstracto en tonos azules saturados de una silueta humana difusa frente a un dispositivo móvil. El fuerte grano fotográfico y el resplandor de la pantalla crean una atmósfera eléctrica donde los rasgos físicos desaparecen, dejando solo la forma del sujeto interactuando con la tecnología.
IDENTIDAD NÚMERICA

PÁGINAS ADENTRO, DESCUBRE NUESTROS ESCRITOS

Retrato fotográfico en blanco y negro de un hombre mayor con sombrero, por Filipp Romanovski para la sección Escritos de The Goa Media

RECÉ PARA QUE MI PADRE MURIERA

Retrato a lápiz del padre del autor, dibujado por Anlli Murillo y digitalizado para The Goa Media

12:00 AM: El ECO DE UNA MUDANZA INFINITA

La última vela somos nosotros: Ilustración surrealista de una persona encima de un reloj con mirada melancólica y profunda que sostiene entre sus manos una esencia luminosa y frágil que representa el alma. Diversos relojes de arena flotan en una nebulosa oscura, simbolizando el despojo de la piel y el tiempo en el proceso de transmutación del ser.

LA ÚLTIMA VELA SOMOS NOSOTROS

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