Un abrazo transforma tanto como el amor. El amor hechiza el corazón, y el corazón es un fuego que derrite el hielo. Pero el hielo quema como las llamas de la soledad; esa soledad que duele como una herida abierta.
Las heridas nos recuerdan el sufrimiento: un vacío lleno de lágrimas que caen de la oscuridad de nuestra mirada. Porque la mirada siempre dice más que las palabras, y las palabras son sentencias.
La sentencia de amarte por siempre la llevaré marcada en mi alma; un alma que, trágicamente, ya no encuentra su lugar.
Tras el punto final...





