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MANUEL ANTONIO, 48 AÑOS. TIJUANA. MÉXICO
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MANUEL ANTONIO, 48 AÑOS. TIJUANA. MÉXICO

Manuel Antonio en la Garita de san Ysidro: Imagen de un hombre con un trapo azul rey sobre los hombros mientras empuja un carrito metálico de refrescos. Al fondo, una fila interminable de vehículos transita la frontera entre Tijuana y San Diego bajo un sol intenso.

Contexto: Garita de San Ysidro. / Etiqueta: Economía de frontera.

El mediodía en la Garita de San Ysidro no tiene sombra. A 26°C, el sol rebota en los cofres de miles de autos, devolviendo un calor que no sube al cielo, sino que se queda pegado a los tobillos. Manuel Antonio camina por la línea divisoria del pavimento, ahí donde el alquitrán se siente blando bajo la suela de sus botas. En su mano izquierda, el burrito —el carrito metálico de carga— chirría con un ritmo cansino. Adentro, el hielo picado lucha contra el tiempo para enfriar las sodas, mientras el olor a carne asada y tortilla de maíz atraviesa la tapa de la hielera. Manuel no grita su mercancía; el hambre de los conductores tiene un olfato propio.

Él conoce el lenguaje de las placas: las blancas de California que avanzan centímetro a centímetro y las de Baja California que buscan un hueco en la marea de hierro. Manuel Antonio se apoya en el manubrio del carrito y deja caer el peso de su hombro mientras espera que la fila avance un metro más. Se limpia el rostro con un trapo azul rey. Al vender, sus manos ásperas rozan cientos de manos climatizadas que se asoman por las ventanas; el tintineo de las monedas es la orquesta de su tarde y el estallido del gas al destapar las sodas es el alivio que ofrece al motorizado.

Al final de la jornada, Manuel busca una sombra prestada. Se bebe una soda en silencio, mirando hacia el horizonte donde el muro corta el paisaje. Cada día ve miles de rostros por primera y última vez. Recoge sus envases y emprende el camino de vuelta; los callos de sus pies marcan la distancia exacta hasta su casa. Al cruzar la puerta, deja el burrito en la entrada y el ruido de la frontera se disuelve en el vapor de la cocina. Manuel se sienta a la mesa, reconoce las risas de sus hijos y, por fin, recupera el silencio que la ciudad le roba cada mañana.

¿Cuál es el peso de esta realidad hoy?

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