Contexto: Calle Mitre. / Etiqueta: Ritmo de madera y ceniza.
El tricot; las dos agujas de madera se entrelazan en sus manos. Desde su sala se dibujan piezas coloridas de formas hexagonales, una arquitectura de lana virgen que crece en el silencio. De pronto, el roce metálico: los broches caen de su lugar y ruedan por el piso de madera, interrumpiendo la tarde. El vapor del té se escapa por el resquicio de la ventana de la cocina y María Soledad hace la pausa: se abriga en su saco de punto y sale al aire.
El crujido de la gravilla bajo sus botas de cuero marca el compás. A su derecha, el Nahuel Huapi es un espejo de acero azul que devuelve el reflejo de las cimas nevadas; el aire fresco le golpea la nariz con un aroma a tierra y pino mojado. Transita por la calle Mitre, donde las fachadas de piedra contienen el viento patagónico. En “Delicias de la Patagonia”, sus manos —manchadas por las pecas de inviernos antiguos— sostienen con agilidad el paquete de porciones de chocolate blanco y amargo.
Sus dedos saben del frío, pero aún conservan la firmeza al rodear la taza de cerámica caliente. Antes de volver al refugio de su sala, su red de conocidos la detiene varias veces entre los portales de madera. María Soledad no esquiva la ciudad; la reconoce en cada saludo, mientras la luz blanca de Bariloche empieza a ceder ante el violeta lento del crepúsculo.
¿Cuál es el peso de esta realidad hoy?





