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RECÉ PARA QUE MI PADRE MURIERA
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RECÉ PARA QUE MI PADRE MURIERA

Retrato en primer plano de un hombre mayor con piel surcada de arrugas profundas y una sonrisa cálida que muestra sus dientes. Viste una gorra de paño oscuro, una chaqueta gruesa con cuello de textura de lana y una camisa a rayas bajo un jersey. El fondo es una pared blanca desgastada con grietas y una rama seca a la derecha. Una imagen que evoca la pérdida del padre a través de la serenidad y la vejez.

Cada vez que me veo en el recuerdo, arrodillada pidiendo alivio para mi padre, me desconozco. Todo lo que más me duele —y ha dolido en esta vida— es saber que nunca más podré volver a mirar a sus ojos. No podré caminar a su lado y ser su bastón; no podré regalarle zapatos, ni invitarlo a un tinto, ni cenar con él, ni sentir sus abrazos. Ese “nunca más” duele de forma descomunal. Extraño un pasado que cada vez se aleja más y un futuro que nunca podrá ser.

Padre, aun hoy, mis fuerzas de estar acá son más grandes que las de ir a donde estás tú. Nunca pensé que rezaría e imploraría para que te fueras de mi lado, aunque esa fuera a ser la cicatriz más profunda en mi alma. Pero perdón; nunca quise que sufrieras por estar acá. Merecías un lugar sin dolor. En esa habitación del hospital, aquella tarde del 24 de marzo, sentí que te ibas, que escapabas como el aire. Tus manos acariciaron mi rostro con un amor que no necesitó palabras; ambos sabíamos que eran nuestros últimos encuentros.

Han pasado casi tres años y hoy entiendo que este peso no es debilidad, sino amor profundo. Soy una parte de ti, una extensión de tu vida que sigue caminando. No puedo garantizar una fecha en la que el dolor se detenga, porque mi amor por ti no puede ser borrado ni medido por el paso de los meses o los años. Mi duelo es el eco de lo que fuiste.

Espérame. Estoy segura de que nuestros ojos verdes podrán volver a mirarse. Solo dame tu bendición para seguir caminando con esta herida que es, al mismo tiempo, mi mayor tesoro. Gracias a ti soy, seré y fui.

Con todo mi amor, Tu hija.

 

Crónicas de identidad: sobre la pérdida del padre y el eco de lo que permanece.

Tras el punto final...

Sigue el hilo…
Ilustración digital en tonos oscuros y fríos de un joven de espaldas observando a través de una ventana. Al otro lado del cristal empañado, una criatura de dedos largos apoya su mano y clava la mirada de un ojo parietal brillante ubicado en su cráneo, capturando la atmósfera de este relato de ciencia ficcion oscura.
BEXTIAL
Ilustración realizada a lápiz en grafito sobre fondo blanco. Se presenta un retrato frontal en primer plano del rostro de una mujer de cabello oscuro, ondulado y peinado hacia atrás. Sus ojos abiertos miran fijamente al frente con una expresión intensa que transmite resolución frente al juicio social a la mujer, con trazos sombreados marcados en las cejas, la nariz y los labios.
LA VIUDA DEL VOLCÁN
Fotografía en plano medio del interior de un vagón de tren transformado en barra de madera. A la derecha, un chef itamae con uniforme negro acomoda un corte de atún rojo sobre una tabla de madera junto a un cuchillo afilado. En el centro, un hombre en traje permanece sentado de perfil mirando hacia abajo. Un gran farol de papel iluminado cuelga sobre la barra y a la izquierda se aprecia una ventana cubierta de gotas de lluvia y niebla con siluetas de rascacielos al fondo, ilustrando un relato surrealista.
EL VAGÓN DEL SASHIMI
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LITURGIA DEL DESAMPARO
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